Vida y obra de Joann Andrews, protectora incansable de la Península de Yucatán (parte II de III)

RIDE INTO BIRDLAND tiene el honor de presentar la segunda entrega de nuestro reportaje sobre la reconocida conservacionista Joann Andrews, Fundadora y Presidente Honorífica de Pronatura Península de Yucatán. Entérese de cómo Joann creó el primer club de equitación de Yucatán y luego lo utilizó como plataforma para luchar por la conservación de los bosques de la Península.

Bosque de la Península de Yucatán (Foto © Iván Gabaldón)

Segunda Parte

El impulso de preservar

Todo visitante al estudio de Joann Andrews con seguridad notará la “calca” en tinta sobre papel de arroz y en gran formato vertical que flanquea la entrada, un trabajo original de la grabadora Merle Greene Robertson. Nativa de Montana, USA, Merle Greene Robertson estudió artes clásicas en California, luego trabajó en Tikal en Guatemala, en Palenque en Chiapas y en muchos yacimientos arqueológicos en la Península de Yucatán, obteniendo amplio reconocimiento por el trabajo de toda una vida investigando la cultura Maya. Fue la pionera en el uso de una técnica para grabar en tinta las paredes y monumentos de las ciudades mayas, calcándolas directamente sobre papel de arroz de gran formato y realizando miles de estas “calcas” durante cuatro décadas de intenso trabajo. En muchos casos sus calcas son lo único que queda de piedras originales que han sucumbido desde entonces al desgaste o han caído en manos de saqueadores.

Cuando Merle Greene Robertson inició sus trabajos en Yucatán en 1968 ya había recibido advertencia de que Joann Andrews era alguien a quien debía conocer, y cuya amistad disfrutaría plenamente. En aquél entonces Joann estaba a cargo de la biblioteca que su difunto esposo había pasado décadas recopilando, la cual mantenía “no solo acorde a los más altos cánones académicos, sino abierta para investigadores mexicanos y extranjeros”, según lo recuerda la Dra. Robertson en sus memorias. Inicialmente Merle se sintió un tanto intimidada, pero no había razón para ello. “Cuando finalmente llamé a Joann Andrews, ella y el Insituto de Estudios Mesoamericanos de Tulane University se convirtieron para mí, como lo han hecho para muchos otros, en una valiosa fuente de investigación. Ella también fue un vínculo vital con casa y con la civilización – dirección de correo, conexión telefónica, y más tarde un espacio para estacionar mi viejo Volkswagen Beetle – además de convertirse en una admirada amiga”.

Merle Greene Robertson (Foto de archivo)

La amistad de estas dos mujeres norteamericanas, exploradoras en una tierra exótica que ambas hicieron muy suya, se extendió a lo largo de varias décadas. Continuaron siendo amigas hasta el deceso de Merle Greene Robertson a comienzos del 2011, aunque sería más correcto decir hasta hoy en día. “La extraño terriblemente”, confiesa Joann. El aprecio y admiración fueron mutuos, como evidencia la siguiente frase de Merle Greene Robertson acerca de Joann: “es una persona que sabe mucho acerca de cualquier tema”. Tal aseveración, considerando su fuente, no debe ser tomada a la ligera, pues provee una valiosa pista para entender la mente de Joann Andrews. ¿Cómo fue capaz si no, contando con su formación en Ciencias Políticas y Economía pero sin educación formal en Ciencias Botánicas o Arqueología, de trabajar tan efectivamente con los equipos de arqueólogos y luego convertirse en experta orquideóloga por derecho propio?

Su formación política, por cosas del destino, también habría de desempeñar un papel, con frecuencia de formas inesperadas. Pues si Merle estaba entregada a la preservación de la cultura Maya a través de sus imágenes, Joann había decidido dedicarse con determinación a proteger el paisaje natural de la Península, una misión que implicaría lidiar con gente, incluyendo a ciudadanos de todos los estratos sociales, oficiales del gobierno, políticos y organizaciones internacionales. Su buen amigo Eric Hagsáter le ofreció algunos consejos iniciales, basados en su propia experiencia en la política local: las mejores intenciones con frecuencia fracasaban y era difícil lograr mucho desde la estructura de un solo partido político. Además, Joann era decididamente una forastera, una mujer de los Estados Unidos en un país en el cual el mismo presidente Echeverría vocalizaba la retórica anti-norteamericana predominante en aquél entonces. “Me acusaron de todo tipo de cosas”, recuerda Joann con el sentido del humor otorgado ahora por el tiempo. “Yo estaba recolectando orquídeas, pero debía ser de la CIA si estaba viajando hacia la frontera con Guatemala”.

Su plan era abrir un capítulo local de Pronatura, organización conservacionista basada en Ciudad de México, pero esto chocaba incómodamente con un sentimiento yucateco muy arraigado, en virtud del cual la Península resiente tanto la atención como la falta de interés por parte de la ciudad capital. Sin embargo, quienes conocían bien a Joann anticiparon que trabajaría duro y eventualmente tendría éxito.  Citando nuevamente las memorias de Merle Greene Robertson, su autora escribe: “Cuando a comienzos de los ochentas Joann enfocó sus energías y conocimientos en lanzar un grupo conservacionista en la Península, supe que trabajaría duro y obtendría gran satisfacción al convertirlo en un éxito”.

El caballo de Troya que permitiría a Joann permear la sociedad yucateca resultaría ser precisamente un caballo, o más bien, su amor por los caballos, sin duda con la ayuda de su personalidad laboriosa. Jinete activa durante toda su vida, Joann es ampliamente reconocida como la pionera de la equitación inglesa en Yucatán. Hace más de tres décadas fundó el primer club ecuestre de la Península en la Hacienda Tamanché, el cual administró personalmente con cuidadosa atención a los detalles. “Cada mes enviaba a la docena de miembros que teníamos un reporte contable de lo que había hecho con el dinero, lo cual suena como algo que todo el mundo haría pero era muy inusual aquí”, recuerda. Se trataba de las mismas personas que su capítulo local de Pronatura necesitaba reclutar: ciudadanos de la alta sociedad, empresarios e industriales que amaban la naturaleza y se preocupaban por ella. “Les pregunté si estarían dispuestos a unirse conmigo en Pronatura, y creo que el hecho de que yo había sido tan correcta en lo relativo a las finanzas fue una de las razones para que dijesen que sí”. Joann organizaría la iniciativa con ellos a nivel local, y por su parte ellos podrían tener fe de que la labor emprendida tendría total seriedad.

Desde el comienzo Joann fue además exitosa al gestionar fondos de importantes organizaciones internacionales. “Fuimos muy afortunados al obtener excelente apoyo del World Wildlife Fund,  también de The Nature Conservancy, organización que estaba interesada en intentar convertir lo que podríamos llamar parques de papel en verdaderas reservas que pudiesen proteger a la fauna y flora que contenían”. Las reservas naturales de México contaban con muy pocos fondos gubernamentales, careciendo incluso del presupuesto básico para pagar a los guarda-parques, y además la ley prohibía expresamente que las ONGs realizasen pagos directos al personal. La solución que encontró Pronatura fue poner en marcha un programa de canastas, cestas llenas de materiales y bienes de gran necesidad. “En Agosto nos pedían que por favor incluyésemos lápices y cuadernos para los niños, ni siquiera tenían dinero para eso. Estábamos en un lugar estratégico con herramientas realmente útiles para ayudar”.

En cuanto a trabajar con el gobierno, “no es fácil, nunca lo ha sido. Pero nosotros nunca fuimos a ellos solicitando dinero, nosotros teníamos el dinero, y eso nos puso en un nivel un poco diferente”. Cuando Salinas fue electo presidente Joann vió que la situación general mejoraba, “él estableció muchas reservas y otorgó apoyo”. Entre otras cosas estableció una política oficial de cooperación con las ONGs. “Estuvimos entre las primeras ONGs, y yo diría que desde ese momento siempre hemos tenido una relación útil con el gobierno, toma y dame, pero siempre es delicado”. Se debe tener la disposición permanente, apunta, “para sentarse en la fila de atrás y dejar que los oficiales del gobierno reciban todos los méritos a la hora de la gran presentación, pero eso no importa con tal de que las cosas se hagan, no hace ninguna diferencia”.

El Coatí de nariz blanca (Nasua narica), una de las muchas especies de mamíferos que hacen vida en la Peninsula de Yucatán (Photo © Iván Gabaldón)

A lo largo de años de trabajo Joann ha acumulado experiencia política y ha pulido sus habilidades para lograr con su encanto personal que la gente apoye a Pronatura. Una vez, recuerda con picardía, invitó a un buen amigo a almorzar. “Le dije, Carlos, tienes que ayudarnos con Pronatura. Después él dijo a sus amigos, ¡no vayan a comer con Joann Andrews, son los tacos más caros que habrán comido en sus vidas!”. Un recorte de prensa del Sarasota Herald Tribune, fechado en 1989, nos provee otro vistazo histórico a su labor como recaudadora de fondos: reporta la visita de la conservacionista Joann Andrews al suroeste de la Florida, con la meta de recaudar 25,000 dólares para la protección de los bosques de la Península de Yucatán, específicamente por medio de la cooperación con el gobierno Mexicano en el manejo de la recientemente creada Reserva de la Biósfera de Calakmul. Los miembros del público pagaron cada uno diez dólares para escuchar su exposición sobre la importancia de los bosques tropicales, el flagelo de la deforestación y el ahora muy conocido riesgo del calentamiento global. Muchas de las personas que atendieron donaron fondos adicionales. Joann también promovió en esa visita una idea que pronto habría de ser puesta en práctica: trabajar con comunidades locales “para establecer colmenas de abejas que aprovechen la rica población de flores del bosque, para cosechar y vender la miel – una cosecha que beneficia tanto al hombre como a la naturaleza”.

La produccion de miel es una actividad verdaderamente sustentable, positiva tanto para los seres humanos como para el medio ambiente (Foto © Iván Gabaldón)

El programa de producción de miel es uno que Joann continúa defendiendo con placer y convicción, pues se trata de una actividad verdaderamente sustentable.  “De todas las actividades económicas”, dice, “la producción apícola es de lejos la más ecológica. Las abejas polinizan a los árboles que producen frutas, y es maravilloso, es positivo en todos los aspectos”. Eventualmente obtuvo los fondos requeridos para dar inicio al programa, el cual continúa siendo exitoso hasta la fecha. En sus primeras etapas, sin embargo, habría de enfrentarla con una cruda demostración de la cascada de consecuencias que puede surgir incluso de las mejores intenciones, sobre todo cuando está involucrado el factor humano.

Tras conseguir los fondos necesarios para dar inicio al proyecto de producción de miel, Joann obtuvo la ayuda de un empresario de Mérida, el cual estaba dispuesto a proveer a las comunidades locales entrenamiento, recursos y apoyo técnico, para luego actuar como vínculo comercial haciendo llegar la miel a compradores en la ciudad de México. Se organizó una reunión con hombres de varios ejidos del sur de Campeche, cerca de Calakmul, y la idea fue presentada ante ellos. “A mí me sonaba de maravilla”, recuerda Joann, “pero todos estos hombres estaban murmurando, escuchando con caras serias”. La reunión resultó un total fracaso, los hombres rechazaron la propuesta y acusaron al empresario de ser un coyote. “Ellos dijeron, lo único que él quiere es comprar nuestra miel barata y ganar mucho dinero con ella, así que nosotros no vamos a trabajar con él, ya conocemos a esa gente”, recuerda Joann.

Concluída la reunión, una desmoralizada Joann se preparaba para irse cuando se le acercó un grupo de mujeres locales. “No le hagas caso a nuestros esposos”, le dijeron, “ellos simplemente no quieren salir a trabajar todos los días. ¿Hay manera de que podamos hacerlo nosotras?”. Después de conversar se acordó que el programa sería puesto en marcha con dieciséis mujeres locales, con el único requerimiento adicional de proveerlas con equipos protectores especiales, necesarios para trabajar con las abejas mientras estuviesen amamantando a sus niños pequeños.

Las mujeres trabajaron con dedicación y lograron producir una modesta primera cosecha, la cual les dejó algo de dinero. Al año siguiente, sin embargo, su conocimiento había aumentado y lograron producir su primera buena cosecha. Una noche de Sábado, cerca de las 10:00, Joann recibió una llamada alarmante del representante de Pronatura a cargo del proyecto. Una terrible crisis se había producido tras una reunión que había sido inicialmente considerada exitosa: después de contabilizar la producción de cada mujer, y de entregarle a cada una un sobre con el dinero correspondiente a los kilos de miel producidos, las mujeres regresaron a sus hogares tan sólo para enfrentarse con la dominación masculina imperante en sus comunidades. “Los esposos dijeron”, recuerda Joann con desdén, “nosotros somos quienes les permitimos salir a trabajar, ese dinero no es de ustedes”. La mayoría de las mujeres no tuvieron más opción que entregar sus ganancias, “dos de ellas fueron golpeadas y una huyó de casa. Era la primera vez que realmente ganaban dinero por cuenta propia”.

Joann no estaba segura de qué hacer. Sin embargo, nunca dispuesta a darse fácilmente por vencida, logró reclutar a un voluntario, “alguien involucrado con soluciones para este tipo de situaciones”, a quien elogia hasta el día de hoy por la inteligente solución que encontró para el problema. Convocaron una nueva reunión con los hombres y las mujeres de los ejidos, “y él vino con un enorme pizarrón, e hizo que las mujeres se sentaran a un lado y todos estos hombres hoscos al otro lado. Entonces dijo, voy a escribir aquí una lista con todo lo que cada uno de ustedes quiere hacer con el dinero. Voy a comenzar con las mujeres”. Mientras observaba en silencio, Joann entendió que el negociador estaba preparando el escenario para que las cosas cayesen por su propio peso. “Una y otra vez las mujeres decían, quiero comprar zapatos para los niños, o libros, o un vestido para la niña. Lo primero eran siempre los niños, luego cosas como una nueva máquina de coser. Yo diría que apenas un diez por ciento apuntó cosas como cosméticos, pero eso también valía”.

Después de terminar con las mujeres, el facilitador se dirigió a los hombres y les preguntó qué querían hacer con el dinero. “Por supuesto que todos sabíamos que lo que querían era ir a la cantina y bebérselo”, apunta Joann, “de modo que rezongaron y rezongaron… y finalmente uno de ellos dijo, Bueno, eso nos parece bien. Eso es lo que nosotros queremos hacer con el dinero también”. El mediador, sin embargo, no se dio por satisfecho tan fácilmente: les pidió seguridad de que efectivamente dejarían a las mujeres administrar el dinero y gastar al menos un 70 por ciento en los niños. “¿No es maravilloso?”, dice Joann con una gran sonrisa. “Allí estaba el pizarrón, ¿qué es lo que quieren hacer con el dinero? ¡Ir a la cantina hubiese quedado tan mal!”, se ríe. En consecuencia los hombres aprendieron a respetar el derecho de las mujeres a trabajar y a invertir el fruto de su trabajo en el bienestar de sus propios hijos.

El alcohol fue introducido a la Península por los conquistadores y desde entonces su uso irresponsable se convirtió en un persistente mal social en las comunidades Mayas. Esta escena, que muestra a una mujer Maya apaleando a su esposo borracho de vuelta a casa, forma parte de una presentación teatral del “Laboratorio de Teatro Campesino e Indígena”, dirigido por Maria Alicia Martínez Medrano con un elenco conformado por cientos de habitantes de todas las edades del pueblo de X’ocen, en las afueras de Valladolid, Yucatán. (Foto © Iván Gabaldón)

En la actualidad están activas al menos cuatro cooperativas de mujeres que producen miel orgánica de alta calidad en la Península y la venden tanto localmente como al mercado internacional (principalmente Alemania), y el proyecto continúa siendo promocionado pues aún hay mucho espacio para crecer. Desde entonces Pronatura Península de Yucatán ha implementado otros programas, cooperando con el gobierno mexicano en reservas Federales como Calakmul, en el estado de Campeche, de la cual dice Joann, “ha sido un gran éxito, los guarda-parques han hecho una excelente labor para mantener a los cazadores fuera de la reserva”. La organización también ha asegurado fondos para comprar tierras y convertirlas en áreas naturales protegidas, como es el caso de El Zapotal, 2,358 hectáreas de bosque adquiridas en el 2002 como parte de una estrategia para preservar importantes hábitats y aliviar la fuerte presión que produce la economía agrícola sobre la Reserva de la Biósfera de Ría Lagartos, al norte de Yucatán.

Los desafíos son muchos y constantes, las amenazas al medio ambiente siempre presentes y cambiantes. Ahora con el título de Presidente Honorífica, Joann se mantiene activamente involucrada en Pronatura Península de Yucatán. Resumiendo su experiencia, dice: “Fui muy afortunada desde el comienzo, se me unió gente maravillosa. También tuvimos mucha suerte de conseguir a una fantástica directora, María Andrade”. Al preguntarle si realmente disfruta del trabajo que le ha tocado hacer por el medio ambiente, quizás tanto como disfrutó la emoción de descubrir un nuevo mundo de orquídeas en Yucatán, su respuesta es un entusiasta “¡Sí, lo disfruto! Ver despegar así un proyecto, puedes imaginarte lo bien que se siente. Una de mis mayores recompensas ha sido verlo florecer hasta convertirse ciertamente en el grupo conservacionista más fuerte de la Península”.

De hecho, sucedió exactamente como su querida amiga Merle Greene Robertson había anticipado.

I.G.H.

(…continuará)

Para mayor información sobre los programas e iniciativas que organiza Pronatura Península de Yucatán, por favor visite su página web haciendo click en el logo a continuación.

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